La Cultura del Honor en la actualidad

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El honor esta por encima de las leyes

Cultura del honor: la anatomía de un sistema que sigue vivo

Hay una frase que resume mejor que cualquier definición académica lo que es la cultura del honor: la maté porque era mía. En esa frase no hay descripción de un hecho, hay una reclamación de propiedad. Y detrás de esa reclamación hay un sistema de creencias mucho más antiguo, más extendido geográfica y religiosamente, y más presente en nuestra vida cotidiana de lo que solemos admitir.

Este texto intenta perfilar la cultura del honor: de dónde viene históricamente, por qué unas sociedades la desarrollaron y otras no, qué papel ha jugado la religión, qué dice la psicología social sobre quién la sostiene hoy, cómo se cuela en los celos y en la pareja, y por qué sigue siendo casi invisible incluso para quienes la viven.

Qué es un sistema de honor

Un sistema de honor es un conjunto de reglas no escritas que gobiernan a una comunidad según lo que esa comunidad considera una conducta honorable. Quien las incumple puede llegar a ser excluido del grupo, incluso si formalmente pertenece a él. Lo esencial de estos sistemas es que el honor no es algo que uno se otorgue a sí mismo: lo concede la mirada de los demás.

El sociólogo Pierre Bourdieu lo explicó con precisión: en las culturas del honor, lo que una persona es y lo que una persona vale coinciden exactamente con lo que los demás reconocen en ella. Por eso el honor es un sentimiento frágil, depende de una opinión ajena que puede cambiar, frente a la dignidad, un valor que, en teoría, cada persona posee desde que nace, igual para todos, y que no depende de la aprobación externa. El historiador Edward Ayers lo comparaba así: la dignidad es como un esqueleto, una estructura interna que dura toda la vida; el honor es más bien una armadura incómoda que, en cuanto se perfora una vez, deja de servir para nada. Esta distinción explica por qué las sociedades de honor son tan sensibles al qué dirán: no se trata de vanidad, sino de que el propio valor personal está, literalmente, en manos de la comunidad.

Conviene, además, no confundir dos sentidos distintos que a menudo se mezclan bajo la misma palabra. Los antropólogos distinguen desde hace décadas el honor como virtud, la rectitud moral de una persona, algo que en principio se valora tanto en hombres como en mujeres— del honor como estatus: la reputación pública, la posición social, el prestigio de un hombre para hacer valer su voluntad. Es este segundo sentido, el honor-estatus, el que sostiene lo que la psicología social llama propiamente «cultura del honor», y el que interesa cuando hablamos de violencia. En este marco, la reputación de un hombre, y, por extensión, la de toda su familia, depende del comportamiento de las mujeres de su entorno. Si una mujer «se desvía» (infidelidad real o sospechada, negarse a un matrimonio pactado, mostrar independencia sexual), el honor del hombre queda dañado ante la comunidad, y ese daño, en estas culturas, solo se repara de una forma: reafirmando el control, a menudo con violencia.

De dónde viene: tres orígenes históricos que se cruzan

La cultura del honor no apareció de la nada ni en un solo lugar. La investigación histórica y antropológica señala al menos tres procesos que confluyeron, sobre todo en el Mediterráneo y, después, en América Latina y el sur de Estados Unidos.

El pastoreo trashumante. Los primeros rasgos de esta cultura aparecen en pueblos ganaderos que se movían por zonas como los Balcanes, Grecia o el sur de Europa. Su riqueza, el ganado, era fácil de robar y difícil de proteger con una autoridad externa. La única defensa eficaz era la reputación: si se sabía que un pastor respondía con violencia extrema ante cualquier amenaza, los ladrones lo evitaban. La vigilancia constante y la respuesta desproporcionada no eran un rasgo de carácter, eran una estrategia de supervivencia que, con el tiempo, se volvió cultura. Esa misma lógica, pensada originalmente para proteger vacas, terminó aplicándose con el tiempo a las mujeres, tratadas como una propiedad más que hay que defender de «invasores».

La estructura militar y nobiliaria. En España, la organización del ejército durante la Edad Media, ligada a la Reconquista, creó una clase noble que convirtió el honor y la reputación en su principal capital simbólico. Esa nobleza llegó a despreciar el comercio y la industria por considerarlos indignos de «gente honorable», lo que tuvo consecuencias económicas duraderas.

La debilidad de las instituciones. En amplias zonas de la Europa mediterránea y de América, las fronteras eran ambiguas, los estados débiles y los sistemas legales poco eficaces. Cuando la ley no llega, la gente tiende a protegerse a sí misma y a regirse por sus propias normas de conducta, con el honor como código sustitutivo del derecho.

Estos tres factores, economía pastoril vulnerable, ideal militar aristocrático y ausencia de instituciones fuertes, no son anécdotas del pasado: siguen siendo el marco explicativo que usa hoy la psicología social para entender por qué la cultura del honor pervive en el sur de España, en buena parte de Latinoamérica y en el sur de Estados Unidos, incluso después de generaciones de cambio económico y educativo.

La antropología de campo llegó a esta misma idea por otro camino, el de la observación directa de comunidades concretas. Uno de los estudios clásicos se hizo a mediados del siglo XX en Grazalema, un pueblo de la sierra de Cádiz: allí, quien rompía las normas de conducta que el grupo consideraba honorables podía terminar expulsado socialmente. El honor, en ese contexto, no era un asunto privado, era propiedad colectiva de la familia y de la comunidad, y cualquier miembro podía «mancharlo» o «limpiarlo» con su conducta. Este patrón no es exclusivo de ningún continente ni de ninguna religión concreta, aunque su intensidad varía: aparece con fuerza en sociedades mediterráneas, en el sur de Europa, en Latinoamérica, en el mundo árabe, en el sur de Estados Unidos y en comunidades del sur y centro de Asia. Lo que comparten estas culturas no es una religión común, sino una estructura social: clanes o familias extensas, fuerte colectivismo y, en muchos casos históricos, ausencia de un Estado que garantizara el orden, lo que obligaba a las familias a «hacerse respetar» por sí mismas.

El experimento que lo demostró: el sur de Estados Unidos

El estudio más citado en este campo comparó a hombres del sur de EE. UU. (históricamente ganadero, con fuerte tradición de defensa del territorio y del rebaño) con hombres del norte (de tradición agrícola e industrial) ante un insulto idéntico en un experimento de laboratorio. Los sureños mostraban mucha más activación fisiológica de estrés y mayor disposición a responder con agresividad.

La diferencia no era genética ni climática, era cultural: los estados del sur presentan hoy la tasa más alta del país de homicidios originados en discusiones personales, sus normas sociales respaldan con más facilidad la violencia de «defensa y protección de la familia», sus leyes son más indulgentes con la autodefensa, su regulación de armas es más laxa y sus medios de comunicación, televisión y prensa, dan más espacio a contenidos violentos. Todo ello retroalimenta la misma cultura. En sociedades donde históricamente la propiedad, el ganado, la tierra, podía ser robada sin que existiera una autoridad fuerte que lo evitara, aparecer como «débil» era un riesgo real, y la reputación de ser violento funcionaba como disuasión.

Lo interesante, y lo que demuestra que no es un rasgo fijo de una región sino un sistema que se transmite, es que esta cultura ha viajado. Los flujos migratorios del sur hacia el norte de Estados Unidos no la han disuelto: en las zonas del norte donde la ley llega con más dificultad, barrios donde el desempleo es alto y los sistemas educativos fallan, los descendientes de esas migraciones reproducen estructuras de honor muy similares a las del siglo XIX, más allá de vivir ahora en ciudades con leyes más estrictas. Esto sugiere que la cultura del honor resurge allí donde la confianza en las instituciones y en los tribunales es baja, más que allí donde existe una tradición cultural concreta.

Por qué España, el Mediterráneo e Hispanoamérica siguen siendo casos de estudio

Cuando los psicólogos sociales comparan países, España sigue apareciendo como una sociedad con más rasgos de cultura del honor que, por ejemplo, Holanda: los españoles muestran más emociones ligadas al orgullo y buscan más el reconocimiento público ante una ofensa. La explicación histórica que se ha propuesto conecta esto con la Reforma protestante: los países que la adoptaron, por ejemplo: Holanda o Inglaterra, desarrollaron una ética del trabajo y del ahorro orientada al logro individual, mientras que países católicos como España o Italia mantuvieron durante más tiempo una estructura de valores centrada en la reputación y el capital social tradicional antes que en el éxito económico individual. Esto no es un juicio moral sobre ninguna religión: es una hipótesis sobre cómo distintos sistemas de creencias moldearon, durante siglos, si una sociedad prioriza «cuánto tienes» o «qué dicen de ti».

La cara femenina del honor: pureza, lealtad y sacrificio

Aquí es donde el sistema se vuelve más desigual. El honor masculino se mide en virilidad, en la capacidad de proteger a los suyos y en la fama de «ser un hombre de verdad» al que no se puede insultar impunemente: se gana con actos, con valentía, con éxito. El honor femenino, en cambio, no se gana: se conserva o se pierde, y depende casi exclusivamente de la sexualidad, castidad, fidelidad, recato. Es una asimetría de fondo: el hombre gana honor haciendo cosas; la mujer lo pierde o lo conserva por lo que otros dicen de su cuerpo.

La antropóloga Sherry Ortner documentó que, en muchísimas culturas, el valor de una mujer se mide en pureza, modestia y lealtad, y que su papel en el sistema de honor es sobre todo pasivo: evitar la vergüenza, no provocarla.

Este patrón no es anecdótico. Un estudio que comparó más de cincuenta países encontró una correlación muy consistente: cuanto más una sociedad se preocupa por la «pureza» de sus mujeres, medida a través de indicadores como la edad media de casamiento, el uso de anticonceptivos o el consumo de alcohol y tabaco entre mujeres, más violencia doméstica sufren esas mujeres. La misma correlación apareció dentro de Estados Unidos, comparando estados entre sí: allí donde el énfasis social en la pureza femenina era mayor, también lo era la tasa de mujeres asesinadas por sus parejas.

A esta exigencia de pureza se suma otra: el deber de sacrificio. En muchas culturas, de forma muy marcada en las latinas, se espera de las mujeres una entrega y lealtad hacia la familia que se presenta como una virtud moral superior, casi como un refinamiento del carácter femenino. El problema es que esa misma idealización del sacrificio legitima, de forma indirecta, el castigo cuando la mujer no cumple ese papel: si sacrificarse «es lo que corresponde», no hacerlo se convierte en motivo de reproche, y el reproche, en algunas parejas, se convierte en control.

Un experimento clásico (Vandello y Cohen) ilustra hasta qué punto esto está interiorizado, incluso por observadores externos a la pareja. Se mostró a estudiantes universitarios una escena representada en la que una mujer acababa de sufrir una agresión de su pareja. Entre estudiantes del sur de Estados Unidos y de Hispanoamérica, zonas de cultura del honor, la mujer recibía más aprobación social cuando reaccionaba con contrición y lealtad hacia su agresor. Entre estudiantes del norte de Estados Unidos, sin esa tradición, la mujer era mejor valorada cuando mostraba resistencia. El entorno cultural, en otras palabras, no solo determina cómo actúa el agresor: determina también qué se espera de la víctima.

Cuando la religión da vocabulario a la costumbre

Ninguna religión inventó la cultura del honor, y sería injusto, además de impreciso, señalar a una sola tradición como su origen. Prácticamente todas las grandes tradiciones, cristianismo, islam, judaísmo, hinduismo, budismo, confucianismo, han sido usadas históricamente para justificarla en algún momento y en algún lugar, normalmente por quienes interpretaron sus textos de forma más rígida y patriarcal, no necesariamente por la doctrina en sí. Lo que sí ha hecho la religión, de forma prácticamente universal, es prestarle un vocabulario sagrado a una jerarquía que ya existía culturalmente. Cuando una norma social se presenta como mandato divino, deja de discutirse como costumbre y empieza a exigirse como verdad: ya no es «así lo hacemos aquí», es «así debe ser».

Esto se puede rastrear en tradiciones muy distintas entre sí. Confucio, hace dos milenios y medio, describió a la mujer como una fuente de corrupción moral. El fundador del budismo expresó una idea parecida sobre la tendencia femenina al error. En textos sagrados judíos hay oraciones tradicionales que agradecen a Dios no haber nacido mujer. En pasajes del Antiguo Testamento se presenta una lectura del papel femenino centrada en la sumisión al marido y en el dolor del parto como destino; en cartas del Nuevo Testamento se pide a las mujeres aprender «en silencio, con toda sumisión». El Corán, en el capítulo dedicado a las mujeres, establece una jerarquía explícita entre hombres y mujeres y contempla la corrección física de la esposa desobediente. Y dentro del propio cristianismo católico, teólogos como Agustín de Hipona y Tomás de Aquino dejaron por escrito ideas profundamente negativas sobre la naturaleza moral e intelectual de las mujeres, que circularon durante siglos con la autoridad de «padres de la Iglesia».

Conviene un matiz importante, que se pierde fácilmente si se leen estas citas fuera de contexto: son textos y comentarios de hace siglos o milenios, producidos en sociedades profundamente patriarcales, y hoy son interpretados de maneras muy distintas, incluyendo lecturas críticas y reformistas, dentro de cada una de esas mismas tradiciones religiosas. El objetivo de reunirlas aquí no es señalar a ninguna fe en particular, sino mostrar un patrón transversal: casi ninguna gran tradición religiosa se libró de usarse, en algún momento de su historia, para justificar la subordinación femenina como si fuera orden natural o divino. Y este patrón no es solo cosa del pasado: todavía en pleno siglo XXI, algunos materiales de formación matrimonial católica describen el papel de la esposa en términos de entrega, sufrimiento silencioso y necesidad de «hacerse desear» físicamente para conservar a su marido, fórmulas que, actualizadas, siguen transmitiendo la misma jerarquía de fondo.

La investigación en psicología social encuentra, de hecho, que la religiosidad, medida como autoidentificación personal, no como pertenencia formal a una confesión concreta, correlaciona con una mayor puntuación en cultura del honor, aunque no la explica por sí sola: como se verá más adelante, el sexismo y el autoritarismo pesan más como predictores.

Un caso singular: purezas modernas dentro del cristianismo

La cultura del honor religioso no terminó en la Edad Media. Dos ejemplos contemporáneos, muy distintos entre sí pero con la misma lógica de fondo, merecen mención aparte porque muestran que este patrón sigue vivo dentro de tradiciones cristianas, no solo en las religiones que solemos asociar culturalmente con el honor.

La cultura de la pureza evangélica. En sectores evangélicos, sobre todo en Estados Unidos, se popularizaron durante los años 90 y 2000 los «anillos de pureza» y los «bailes de pureza» (purity balls): ceremonias en las que una hija adolescente promete a su padre mantenerse virgen hasta el matrimonio, a veces con el padre entregándole simbólicamente un anillo. Es honor femenino puro y duro, con vocabulario contemporáneo: la castidad de la hija sigue siendo, de fondo, un asunto que «pertenece» y se supervisa desde la figura paterna.

El fundamentalismo mormón. La Iglesia mayoritaria de los Santos de los Últimos Días abandonó oficialmente la poligamia en 1890 y no la practica. Pero de ella se escindieron grupos fundamentalistas, el más conocido, la Iglesia Fundamentalista de los Santos de los Últimos Días (FLDS), que, bajo el liderazgo de un único «profeta», instauraron durante décadas el llamado «matrimonio de colocación»: el líder de la comunidad decidía qué mujer se casaba con qué hombre, a veces siendo ellas menores de edad, exigía obediencia total de la esposa hacia el marido y hacia la jerarquía religiosa, y expulsaba periódicamente a jóvenes varones de la comunidad —conocidos como «los chicos perdidos»— para reducir la competencia por esposas entre los hombres de mayor rango. Es un ejemplo extremo, pero deja ver con nitidez la arquitectura completa del honor: control de la sexualidad femenina, jerarquía masculina reforzada por autoridad religiosa, y castigo (en este caso, la expulsión) para quien amenaza el reparto de poder establecido.

Honor, reputación y el cuerpo de la mujer como territorio

Existe una expresión tradicional árabe que resume, de forma incómodamente literal, cómo funciona este sistema: el honor de un hombre está entre las piernas de una mujer. No es una frase aislada de una cultura concreta: es la lógica que subyace, con distinto lenguaje, en todo lo anterior. Para conservar su honor, un hombre no solo debe controlar su propia conducta: debe controlar también la de las mujeres de su entorno, especialmente su sexualidad. Esto convierte la protección familiar en vigilancia, y la vigilancia, cuando se desafía, en violencia.

Una serie de experimentos con estudiantes universitarios de Brasil (cultura del honor) y del norte de Estados Unidos (sin esa tradición) lo puso a prueba directamente. Ante la misma escena, un hombre cuya pareja le es infiel, los estudiantes brasileños valoraban mucho peor la honradez y el carácter del hombre «traicionado» que los estudiantes estadounidenses; para ambos grupos el hombre perdía algo de virilidad percibida, pero la caída era el doble de intensa entre los brasileños. Más revelador todavía: cuando a ese mismo hombre se le mostraba respondiendo con violencia física a la infidelidad, los estudiantes brasileños tendían a verlo como alguien que recuperaba parte de su masculinidad perdida, mientras que los estadounidenses lo valoraban aún peor que si no hubiera reaccionado.

Un experimento paralelo con estudiantes chilenos y canadienses encontró el mismo patrón: la aprobación social hacia la violencia del marido aumentaba entre los chilenos solo cuando el motivo era una amenaza al honor, sospecha de infidelidad, coqueteo con otro hombre, pero no cuando el motivo era, por ejemplo, un gasto excesivo con la tarjeta de crédito. El honor, no el conflicto en sí, es lo que activa la legitimación de la violencia.

Quien sostiene estas creencias hoy en día

Más allá de la historia y la antropología, la investigación psicológica reciente, sobre todo en España, ha perfilado qué variables psicológicas acompañan a la cultura del honor en las personas de hoy, no en sociedades enteras:

  • Sexismo. La cultura del honor va casi siempre unida a dos formas de sexismo que parecen opuestas, pero se retroalimentan: el hostil (la mujer es débil y manipuladora, hay que controlarla) y el benévolo (la mujer es maravillosa pero frágil, «está mejor» en su rol tradicional). El segundo suena romántico, incluso amable, pero cumple la misma función de fondo: mantener a la mujer en un lugar subordinado. De hecho, el sexismo es, de todas las variables estudiadas, más que la ideología política o la religiosidad por separado, la que mejor predice la cultura del honor en los estudios españoles disponibles.
  • Autoritarismo. Quienes puntúan alto en autoritarismo de derechas, sumisión a la autoridad, apego rígido a la tradición, hostilidad hacia quien se sale de la norma, también puntúan más alto en cultura del honor. Comparten la misma raíz: resistencia a que cambie el orden social establecido.
  • Personalidad. La cultura del honor se asocia a mayor inestabilidad emocional (neuroticismo) y extraversión, y a menor amabilidad y apertura a nuevas experiencias. No es un perfil frío ni retraído: es más bien sociable hacia fuera y rígido hacia dentro, algo que coincide con el retrato habitual de muchos maltratadores, capaces de resultar encantadores y simpáticos fuera de su relación de pareja.
  • Inteligencia emocional. El hallazgo aquí es más sutil de lo que parece a primera vista, y conviene no simplificarlo: quienes puntúan alto en cultura del honor no tienen necesariamente menos inteligencia emocional global. Prestan, de hecho, más atención a sus emociones, pero esa atención tiende a convertirse en rumiación (darle vueltas obsesivas a lo que se siente) en lugar de en regulación (saber gestionarlo). Sienten mucho, pero no necesariamente bien.

Celos: el termómetro emocional del honor

Los celos son un fenómeno universal, incluso presente en otras especies animales, y en su justa medida no son destructivos: la propia palabra «celar» significa cuidar con esmero. El problema aparece cuando se convierten en una forma de posesión, algo que también depende de cómo nos educaron a entender el amor y la pertenencia. En las culturas de honor, los celos y el honor son casi sinónimos: cuidar celosamente a la pareja se entiende como una forma de cuidar el propio honor, y ambos conceptos se vuelven casi inseparables. Esto genera una ambivalencia muy real, incluso fuera de las culturas de honor: los celos se condenan moralmente en abstracto, pero se interpretan, en la práctica, como prueba de amor. No son un efecto secundario de la cultura del honor: son casi su termómetro. Cuanto más alta es la cultura del honor de una persona, más celos experimenta, y más dispuesta está a considerar que una reacción violenta ante una infidelidad, real o sospechada, «demuestra amor» en lugar de ser un problema. Es la misma lógica que convierte frases como «si no hay celos no hay amor» en algo que muchísimos jóvenes, chicas incluidas, siguen aceptando hoy como normal, según las encuestas más recientes sobre violencia de género en parejas jóvenes.

Un experimento con estudiantes del sur de Estados Unidos lo mostró con claridad: ante la misma discusión de pareja narrada en audio, un hombre que respondía con enfado, incluso golpeando o forzando sexualmente a su pareja, era juzgado con menos dureza si el detonante habían sido los celos que si el detonante era, por ejemplo, una discusión por gastos económicos. Cuando se preguntó a los participantes si votarían para condenar al hombre por agresión sexual, el 54% dijo que sí cuando el motivo era el dinero, pero solo el 28% cuando el motivo eran los celos. La misma conducta, juzgada de forma distinta según lo que la provoca.

España, en concreto, aparece en la investigación comparada como un país donde los celos se consideran una justificación más legítima para la violencia que en el Reino Unido: en estudios que presentaban el mismo caso de maltrato, los participantes españoles atribuían más responsabilidad a la víctima cuando el motivo eran celos, mientras que los participantes británicos responsabilizaban más al agresor.

Sobre la infidelidad en concreto, la creencia popular, que a los hombres les afecta más la infidelidad sexual y a las mujeres la emocional, no se sostiene con la misma fuerza en todos los estudios: en algunas muestras españolas son las mujeres, no los hombres, quienes puntúan más alto tanto en cultura del honor como en malestar ante la infidelidad sexual de su pareja. Esto contradice la idea, muy extendida incluso en cierta psicología evolucionista, de que «a las mujeres les afecta más la infidelidad emocional y a los hombres la sexual». La cultura, aquí, pesa más que cualquier explicación puramente biológica.

Más allá de la pareja heterosexual

El foco habitual sobre «el marido celoso y la esposa infiel» deja fuera a otras personas que también sufren este sistema:

  • Hermanos y otros hombres de la familia, convertidos en vigilantes de la conducta de sus hermanas o hijas, con la misma presión, aunque de otro signo, que sufren las mujeres a las que vigilan.
  • Hijos que no encajan en el modelo de masculinidad exigido, incluidos jóvenes homosexuales, que en los casos más severos son expulsados de la familia o forzados a matrimonios no deseados para «salvar» el honor familiar.
  • Parejas homosexuales, donde la investigación encuentra patrones de celos similares a los de las parejas heterosexuales, aunque con más tolerancia hacia relaciones paralelas entre hombres gais que entre parejas heterosexuales del mismo entorno cultural.

Cómo se transmite: la familia como maquinaria silenciosa

La cultura del honor no se hereda genéticamente, se aprende, de padres a hijos, de madres a hijas, de generación en generación. Y se aprende, sobre todo, en la familia y en la infancia. Hay algo llamativo en la investigación sobre esto: en los países con cultura del honor más marcada, son con frecuencia las propias mujeres, madres, sobre todo, quienes transmiten a los hijos varones que responder con violencia ante un insulto o una falta de respeto es lo esperable, mientras que a las hijas se les enseña otra cosa: a cuidar su reputación sexual y a no provocar. Es un sistema que se sostiene con la colaboración, consciente o no, de ambos sexos.

Esto tiene una implicación incómoda pero necesaria: no basta con señalar a «los hombres violentos», porque el sistema completo, incluidas las expectativas que unas mujeres transmiten a otras generaciones, forma parte del problema. Y también significa que, si se aprende, se puede desaprender: la educación igualitaria desde la infancia es, según toda la evidencia disponible, la palanca más eficaz para reducir la cultura del honor entre generaciones.

Por qué es tan difícil de ver desde fuera (y desde dentro)

Uno de los rasgos más peligrosos de la cultura del honor es su capacidad de pasar desapercibida. Las familias que la sostienen no suelen parecer disfuncionales desde fuera: al contrario, a menudo se presentan como modélicas, muy unidas, muy respetadas en su comunidad. Y quienes están dentro no siempre se sienten mal: la investigación encuentra un grupo, minoritario pero constante, de personas que combinan alta cultura del honor, muchos celos y alta satisfacción declarada con su relación de pareja. El control, vivido desde dentro, no siempre se experimenta como control: a veces se vive como devoción, como prueba de amor, como parte de «así es como se hace aquí».

Los datos actuales son moderadamente esperanzadores en un punto concreto: entre jóvenes universitarios de hoy, la importancia otorgada a la cultura del honor es baja y no se asocia a mayor legitimación de la violencia. Pero, y esto conviene recalcarlo, sigue existiendo ese grupo minoritario de jóvenes con estudios que combina alta cultura del honor, muchos celos y, paradójicamente, alta satisfacción con su relación de pareja. No todos los que sostienen estas creencias se sienten mal en su relación; algunos las viven como algo compatible con el amor, lo cual las hace más difíciles de detectar y de cuestionar desde fuera. Y el dato más importante para cualquiera que quiera identificar esto en su propia vida o en la de alguien cercano es precisamente ese: la legitimación de la violencia por honor no depende de sentirse infeliz en la relación. Se puede tener alta cultura del honor, muchos celos, y al mismo tiempo declararse muy satisfecho con la pareja. Es exactamente esa combinación, control disfrazado de amor, celos vividos como devoción, violencia entendida como prueba de compromiso, la que hace que estas dinámicas pasen desapercibidas durante años, incluso para quienes las viven.

Esto tiene un paralelismo con otros fenómenos psicológicos que también se ocultan detrás de una fachada funcional: personas que gestionan una ansiedad interna considerable mientras aparentan tenerlo todo bajo control, hasta que llega un punto de agotamiento o de crisis que revela lo que había debajo. Con la cultura del honor pasa algo parecido: se sostiene, calladamente, durante años, hasta que un episodio de violencia hace visible lo que ya estaba ahí desde el principio.

El presente: migración, ley y el debate que no conviene evitar

La cultura del honor no es un fenómeno del pasado ni de «otros lugares lejanos». Naciones Unidas ha documentado homicidios por honor en países de todos los continentes, incluidos varios europeos: Reino Unido, Suecia, Alemania, Italia, donde en los últimos años se han registrado casos que sorprenden precisamente porque no encajan con la imagen que solemos tener de «dónde pasan estas cosas».

Esto genera un debate legítimo y delicado a partes iguales. Existe una tentación, peligrosa, de tratar la violencia de honor como un problema exclusivamente «importado» por ciertas comunidades migrantes, lo que estigmatiza a comunidades enteras y desvía la atención de las víctimas hacia un juicio sobre su cultura de origen. Pero existe también el riesgo contrario: por evitar esa estigmatización, minimizar el papel real que juega el contexto cultural y familiar en estos casos concretos, dejando a las víctimas sin una respuesta adecuada a su situación específica.

La aproximación que mejor sostiene la evidencia disponible no es culpar a una cultura entera ni fingir que la cultura no importa: es tratar la violencia de honor como una forma más de violencia de género, con toda la protección legal que eso implica, sin dejar de entender el peso real que tiene el contexto cultural y familiar en cada caso concreto, para poder intervenir mejor. España, en este sentido, va por detrás de países como el Reino Unido o Suecia: no existe todavía una categoría legal propia para la violencia de honor, solo se han tipificado por separado la mutilación genital femenina y el matrimonio forzado, y la revisión académica más reciente sobre intervención social en este ámbito en Europa no incluye un solo estudio español.

Qué se puede hacer con todo esto

Nada de lo anterior es una condena sin salida, ni genética ni cultural. La cultura del honor se aprende, y lo que se aprende puede desaprenderse. La educación igualitaria desde la infancia sigue siendo, según toda la evidencia disponible, la palanca más eficaz para reducirla, junto con relaciones de pareja que no confundan el control con el cariño.

Tampoco sirve mirarlo desde la distancia, como si fuera cosa de «otras culturas» o de otro tiempo. Las mismas ideas, el honor masculino que hay que defender, el honor femenino que hay que vigilar, los celos como prueba de amor, siguen circulando, más suavizadas, en frases que se dicen todavía hoy en cualquier ciudad europea.

Algunas señales de alerta, en la propia vida o en la de alguien cercano, merecen atención: la creencia de que los celos intensos son prueba de amor; la sensación de que hay que «rendir cuentas» constantemente sobre dónde se está o con quién se habla; el miedo a la opinión de la familia extensa por encima del propio bienestar en la relación; o la normalización de comentarios sobre «lo que corresponde» a una mujer o a un hombre dentro de la pareja. Ninguna de estas señales, por sí sola, es prueba de nada. Pero reconocer el patrón es el primer paso para dejar de repetirlo, y, si hace falta, para buscar ayuda profesional que no dé por sentado que así son las cosas por aquí.

 

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Publicado el

30 junio 2020

2 Comentarios

  1. tlovertonet

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