¿Existe aún la poesía en la sociedad actual?

Cuatro décadas y un trienio después de que  la legendaria banda musical gallega Golpes bajos interpretase su mítico tena “Malos tiempos para la lírica “, inspirado en un poema del poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht, cabe concluir que la creación poética y su difusión están relegadas a la indiferencia del común de las gentes en unos tiempos en los que “la inteligencia y la sensibilidad son despreciada, como retales, en el mercado de la gran usura”, que es como describió el desolador panorama actual el aragonés Ángel Guinda. 

No obstante, sigue siendo alentador que la poesía se siga publicando y divulgando en todos los soportes habidos y por haber, físicos y virtuales, igual que objeto de venta en librerías también físicas y virtuales, por lo que se puede seguir teniendo en el siglo XXI el mismo optimismo razonable que tuvo el poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer en el siglo XIX, cuando escribió lo siguiente en una de sus Rimas: “No digáis que, agotado su tesoro, / de asuntos falta, enmudeció  la lira; / Podrá no haber poetas; pero siempre / habrá poesía”.

Sensibilidad y creatividad: una tarea pendiente

Esto es así porque, como señaló el valenciano Francisco Brines, “el lujo de la poesía es que no tiene público, sino lectores” y, sin embargo, “la poesía debe ser hecha por todos, no por uno solo”, como escribió el poeta francés Isidore Ducasse, autoproclamado Conde de Lautréamont, en su libro Poesías, oportunamente editado por Ediciones Cátedra, que reivindica así al autor del extenso poema Cantos de Maldoror, una obra profética, rebelde y transgresora que influyó decididamente en  la creación del movimiento surrealista. 

Por tanto, la poesía, parafraseando al químico francés Antoine Lavoisier, no se crea ni se destruye, sino que se transforma, es decir, que está ahí esperando a que alguien la recoja y la haga suya, como hizo el chileno Pablo Neruda en sus “Odas elementales”, creando poesía a partir de lo elemental, por poner un ejemplo, pero para ello hay que educar la sensibilidad que se tiene, así como una especial disposición de ánimo, dado que la técnica para escribirla siempre se puede aprender e incluso sin aprender técnica alguna, como expresión que es del sentimiento en estado puro.