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Viviendo con la depresión.

Depresión es una etiquita que de tanto usarla, ha perdido su identidad, todos creemos haber estado en algún momento depresivos o depres. Al suspender, al dejarnos la pareja, incluso al no saber qué hacer con nuestra vida. Sin embargo cuando de verás sufrimos este trastorno psicológico o lo vemos en un ser querido, nos damos cuenta de lo que se trata y de la incomprensión de los demás que no entienden por qué nos sentimos tan vacíos e intentan darnos consejos para salir a flote de una situación que para ellos apenas tiene importancia. 

De la misma forma que el origen de la depresión es diverso, el tratamiento también lo es, y encontrar la fórmula correcta en muchos casos nos lleva a la fórmula de acierto-error. Por un lado hay que tener en cuenta la severidad, el impacto que causa en nuestro día a día, el tiempo que lleva conviviendo con nosotros. Por otro las capacidad que tenemos a niveles emocionales y cognitivos, el entorno familiar y de amigos, y las ganas que uno tiene de salir de la espiral negra de tristeza que cruza nuestra alma. 

Lo primero que hacemos cuando el ruido sordo de la depresión se hace insoportables es acudir a nuestro médico de cabecera que se encarga de hacer todo tipo de pruebas y análisis para descartar que el trastorno sea de tipo orgánico (hipotiroidismo por ejemplo), y facilitando una terapia farmacológica que será revisada por el psiquiatra. Desgraciadamente los fármacos no pueden cambiar nuestra visión del mundo, tan solo pueden hacer que no nos importe tanto verlo todo tan oscuro. Por lo que son perfectos como terapia de choque. A partir de ese momento hay que empezar a buscar como he llegado hasta aquí, y como puedo volver por donde vine. 

Fases de la depresión 

La depresión es trastorno de formación lenta, que poco a poco nos va sumergiendo en un pozo. De hecho detectar donde se originó el punto de inflexión es bastante complejo ya que quizás en su momento no le dimos importancia (puedo soportarlo) o quizás porque se formó a partir de pequeños “disgustos” que sumados al desgaste por el paso del tiempo han acabado por hundirnos. Hay que empezar por escuchar a nuestro cuerpo: 

  • Ha cambiado mi patrón de sueño  

  • Han cambiado mis hábitos alimenticios 

  • Tengo dolores musculares de espalda 

  • Me siento con poca energía o alterado 

  • Tengo pensamientos (auto)destructivos 

  • Mis relaciones sexuales… mejor ni hablamos. 

Punto 0. Hemos tocado fondo. Nos sentimos triste, decaídos y pesimistas. Nadie comprende por lo que estamos pasando (a veces ni nosotros mismos). Nada merece la pena. Tenemos que tomar una decisión. Esto no es normal ¿Pido ayuda? 

Punto +1.  La decisión está tomada. Acudir a un médico que valore mi estado de salud, el cansancio, mis cambios de humor, los problemas de sueño y en general todo lo que me cause malestar. Hacerse análisis y pruebas es angustioso (¿y si salen mal?) pero tenemos que tener un conocimiento exacto de cómo nos encontramos. Si nuestro cuerpo funciona bien. 

Punto +2. Tengo depresión. Descartamos cualquier problema o enfermedad que curse síntomas similares a la depresión (hormonales, neuronales, inmunológicos, etc.). Es momento de pensar en ir al psicólogo una vez por semana para que me ayude a comprender que está pasando en mi vida y me marque pautas para salir adelante. Será duro, pero tengo que tomar las riendas de mi vida. 

Punto +3. Empieza la terapia. Lo primero es abrir un canal de comunicación con el psicólogo. Hablar es una forma de respirar. Sin miedo hay que contar todo lo que consideremos interesante. Sobre nuestra vida pasada y presente, los que nos rodean y los que ya no están. Solo hablaremos pero existe una mejoría, un algo que crece de nuevo dentro de nosotros. Eso sí, hay que dejarle tiempo para que el terapeuta desarrolle su trabajo. 

Punto +4. Las fichas están sobre el tablero. Es momento de hacer frente a realmente al conflicto. Con un estado de ánimo mínimamente equilibrado el psicólogo puede profundizar en nuestras emociones. Plantear preguntas concretas, ¿cómo te hace sentir?, ¿qué viste en sus ojos?, ¿dónde te colocan esos pensamientos? 

Punto +5. El final de la terapia. No podemos evitar las cicatrices emocionales pero sí que las veamos como símbolo de madurez, algo así como “yo estuve allí y sobreviví”. Durante el camino de acompañamiento el psicólogo nos han enseñado a percibir la realidad de una manera distinta más centrada en nosotros. Nuestro deseo no lo dicta nadie. Y nuestro pasado está en calma y ordenado. 

Punto -1.  Recaídas, subidas y bajadas. Nuestro sistema anímico no es algo lineal, muchas variables influyen en él. Desde el entorno en el que vivimos hasta la fecha en la que nos encontremos. Algunas variables pueden ser controladas o desactivadas (hay que reconocer que muchos sofocones son evitables). Otras no, es normal que no queramos acudir a terapia por la angustia de reconocer que muchos avances que habíamos tenido se han ido al traste. Pero hay que ser fuertes y continuar, el psicólogo sabe de antemano que habrá recaídas y conflictos durante el tratamiento. En el fondo lo importante no es llegar el primero, si no llegar, lo mejor posible. 

Punto -2. El dolor. Es uno de los síntomas de la depresión, normalmente somático y funcional, y su origen es psicológico. La aparición de trastornos digestivos, disfunciones sexuales o trastornos del sueño son comunes, con especial virulencia en mujeres. Es un problema añadido a la mejoría que en muchos casos la frena, llegando a interrumpir el proceso terapéutico. Aprender a comprender y sobrellevar el dolor es de vital importancia para la depresión remita. 

Punto -3. La Negación. La psicoterapia es como una linterna va iluminando las zonas oscuras de nuestro Yo. Es cierto que no queremos confirmar ciertos aspectos más íntimos, pero si el desconocimiento nos lleva a un sufrimiento sin límite es momento de sacar a la luz todo lo que nos impide avanzar y colocarlo en su sitio. Negar el problema y escondernos en la enfermedad solo retrasa lo inevitable.